
Dirección: Av. Brasil 1780, Pueblo Libre. Telf.: 463-5904
lunes a viernes: 7: 20 am
sábado 7: 20 am, 7: 00 pm
domingo: 10: 00 am, 7: 00 pm
domingo 10: 00 am durante la misa
jueves 6: 30 pm-7: 30 pm y domingo 5: 30 pm - 7: 00 pm
Amado Dios, Padre celestial, acudimos a Ti con humildad y fe desde este santo lugar, el Templo del Monasterio de Religiosas Agustinas de la Encarnación en Pueblo Libre, para alabarte y darte gracias por tu infinita bondad. En Ti confiamos y en Ti depositamos nuestras esperanzas, sabiendo que Tú escuchas las súplicas de tus hijos con amor y misericordia.
Te pedimos, Señor, que derrames tu bendición sobre cada uno de nosotros, los feligreses que hoy nos unimos en oración. Que tu luz ilumine nuestros caminos, fortalezca nuestras decisiones y nos ayude a vivir cada día conforme a tu voluntad.
Bendice nuestras familias, nuestros hogares y nuestras labores. Danos el don de la paz, la salud del cuerpo y del alma, y la sabiduría para actuar con justicia y compasión en cada paso que demos.
Te rogamos, Señor, que también bendigas a las religiosas de este monasterio, que con entrega y silencio oran por el mundo entero. Que su testimonio de fe y servicio siga siendo faro de esperanza para todos los que nos acercamos a este templo buscando consuelo.
Te pedimos que nos concedas corazones atentos a tu Palabra, voluntad firme para seguirte, y espíritu generoso para servir a los demás, especialmente a los más necesitados y a los que sufren en silencio.
Haz de esta comunidad un lugar de encuentro contigo, donde cada feligrés encuentre alimento espiritual, consuelo en la prueba y motivos para alabar tu nombre con gozo y gratitud.
Todo esto te lo pedimos, Señor, con humildad y confianza, sabiendo que Tú eres nuestro refugio, nuestro guía y nuestra fortaleza. Amén.
Señor Dios nuestro, en esta Semana Santa nos acercamos a Ti con el corazón contrito y lleno de esperanza. Desde el Templo del Monasterio de Religiosas Agustinas de la Encarnación en Pueblo Libre, los feligreses elevamos nuestra oración para acompañarte en tu Pasión, Muerte y Resurrección. Que este tiempo santo renueve nuestra fe y nos acerque más a tu sagrado Corazón.
Te pedimos, Señor, que derrames tu bendición sobre nosotros. Que cada día de esta Semana Santa sea una oportunidad para contemplar tu amor entregado en la cruz, y que podamos reconocer la grandeza de tu sacrificio con un espíritu de gratitud, conversión y reconciliación.
Bendice, Señor, a nuestras familias, a los enfermos, a los que sufren en silencio, y a quienes han perdido la esperanza. Que tu cruz sea consuelo para sus dolores, y tu Resurrección, luz para sus vidas. Concédenos fortaleza en las pruebas y paz en medio de las tribulaciones.
Acompaña, Señor, a las religiosas de este monasterio que, con su oración constante y su vida consagrada, nos enseñan a vivir el silencio fecundo de la fe y la entrega diaria a tu voluntad. Protégelas y bendícelas siempre.
Haz, Señor, que esta Semana Santa no pase sin dejar huella en nuestros corazones. Que no seamos solo espectadores de tu dolor, sino discípulos verdaderos que caminan contigo, cargan su cruz y sirven con amor a los demás.
Te suplicamos también por nuestra comunidad, para que se mantenga unida en la caridad y la verdad. Que el ejemplo de tu Hijo crucificado nos impulse a perdonar, a compartir y a vivir en comunión contigo y con nuestros hermanos.
Padre amado, recibe esta oración como incienso que sube al cielo. Que la gloria de tu Resurrección nos alcance y tu bendición nos acompañe siempre. En el nombre de Jesús, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.
Señor Dios de la Vida, en esta noche santa en que celebramos el nacimiento de tu Hijo, nos postramos ante Ti llenos de alegría y gratitud. Desde el Templo del Monasterio de Religiosas Agustinas de la Encarnación, en Pueblo Libre, tus fieles elevamos esta oración para darte gracias por el don inmenso de Jesús, nuestro Salvador.
Te pedimos, Señor, que tu bendición descienda sobre nuestras familias, nuestros hogares y nuestras comunidades. Que el Niño Dios nazca también en nuestros corazones y los llene de paz, humildad y esperanza, como llenó de luz el pesebre de Belén.
Haz que esta Navidad no sea solo celebración exterior, sino encuentro profundo contigo. Que podamos reconocerte en el rostro del pobre, del enfermo, del que sufre en soledad, y que nuestras acciones reflejen tu amor encarnado.
Bendice, Señor, a las religiosas de este monasterio, que con su vida entregada y su oración constante, preparan cada día un lugar para Ti. Recompensa su fidelidad y permite que su testimonio siga siendo semilla de vocaciones y fe.
Te rogamos por los niños, por los ancianos, por los que lloran una ausencia en estas fiestas, por los que no tienen pan ni abrigo, y por quienes no te conocen aún. Que la luz de tu Nacimiento los alcance y transforme sus vidas.
Señor, que esta Navidad nos ayude a renacer contigo. Que podamos dejar atrás todo lo que nos aleja de tu amor y empezar de nuevo con un corazón limpio, generoso y dispuesto a construir un mundo más justo, fraterno y lleno de esperanza.
Gracias, Padre eterno, por tu Hijo Jesús. Que su luz no se apague jamás en nuestras vidas, y que tu bendición nos acompañe hoy y siempre. Amén.

Robert Francis Prevost, originario de Chicago y con nacionalidad peruana desde 2015, fue elegido como el nuevo papa de la Iglesia Católica tras el cónclave realizado en el Vaticano. Asumirá el nombre de León XIV, convirtiéndose en el sucesor del papa Francisco. La elección fue recibida con entusiasmo por miles de fieles en la Plaza San Pedro. Prevost tiene una extensa trayectoria como misionero en Perú, particularmente en Chulucanas y Trujillo, y ha desempeñado importantes cargos dentro de la Iglesia, incluyendo prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina desde 2023.
Con una sólida formación académica en matemáticas, teología y derecho canónico, Prevost ingresó a la Orden de San Agustín en 1977 y fue ordenado obispo en 2014 por el papa Francisco. Durante su tiempo en Perú, se destacó en labores pastorales, académicas y judiciales, y llegó a ocupar el cargo de segundo vicepresidente de la Conferencia Episcopal Peruana. Su elección como pontífice se produjo luego de la fumata blanca anunciada desde la Capilla Sixtina, confirmando que los 133 cardenales habían alcanzado un consenso. En su primer mensaje, León XIV hizo un llamado a la paz para todos los pueblos, marcando así el inicio de su pontificado como el 267º líder de la Iglesia Católica.

El mes de mayo, lleno de flores, luz y esperanza, ha sido tradicionalmente dedicado por la Iglesia Católica a honrar a la Virgen María, Madre de Dios y madre espiritual de todos los cristianos. Esta celebración no está ligada a un único día, sino que abarca todo el mes como un tiempo especial de amor, devoción y oración a la figura maternal de María.
La dedicación de mayo a la Virgen tiene raíces antiguas, vinculadas a la primavera en el hemisferio norte, época del año que representa la vida nueva y la belleza de la creación. Así como las flores brotan con fuerza renovada, también los corazones de los fieles se abren al amor maternal de María. A lo largo de la historia, mayo ha sido elegido por muchos santos y papas como el mes ideal para acercarse a ella con más intensidad.
María es modelo de fe, obediencia y amor a Dios. En mayo se le rinde un homenaje especial no solo como madre de Jesús, sino también como intercesora, guía espiritual y protectora de la Iglesia. Su vida, marcada por la humildad y el servicio, inspira a los cristianos a vivir con entrega y confianza en el plan de Dios.
Durante este mes, muchas parroquias y comunidades realizan actividades como el rezo del Rosario diario, altares florales en honor a María, procesiones, cantos marianos y actos de consagración. Son expresiones de una fe que busca en María un reflejo puro de la misericordia divina.
La Virgen María no solo es venerada por ser la madre de Jesús, sino por su cercanía a la humanidad. Ella acompaña a cada creyente en su camino de fe, intercede ante su Hijo por nuestras necesidades y nos consuela en el dolor. En mayo, su figura se presenta como madre que escucha, que guía y que fortalece.
Honrar a María en mayo no es solo un acto de devoción, sino una invitación a imitar sus virtudes: su fe sin condiciones, su humildad profunda, su valentía ante las dificultades y su constante entrega a los demás. Rezando con ella y a través de ella, los cristianos se acercan más al corazón de Cristo.

Señor Dios de amor y de vida, hoy elevamos nuestras voces y nuestros corazones con gratitud por la vida del Papa Francisco. Gracias por haberlo llamado a pastorear a tu Iglesia con humildad, valentía y misericordia. Su paso por este mundo dejó una huella de esperanza, de ternura, y de firme compromiso con los más pobres y olvidados.
Tú, que le diste un corazón sencillo como el de San Francisco, lo hiciste testigo fiel de tu Evangelio en tiempos difíciles. Él nos enseñó con su ejemplo que la fe no se predica con palabras vacías, sino con gestos concretos, cercanía al pueblo y una vida coherente con tu Palabra.
Gracias por sus mensajes de paz, por su incansable lucha por la justicia, por el cuidado de la Casa Común y por su amor a cada ser humano sin distinción. Fue un pastor que supo escuchar el clamor de la humanidad herida y nos mostró que la Iglesia está llamada a salir, a tocar las llagas del mundo y a caminar con los que sufren.
Hoy, con el corazón dolido por su partida, te lo encomendamos, Señor. Acógelo en tu Reino eterno, donde no hay llanto ni dolor, sino gozo en tu presencia. Que descanse en paz el pastor que veló por tus ovejas y supo guiar con sabiduría, ternura y firmeza.
Te pedimos que su legado no se pierda, sino que florezca en nosotros. Que sepamos seguir construyendo puentes y no muros, viviendo la fe con alegría, apertura y compromiso, como él tanto nos enseñó.
Fortalece, Señor, a tu Iglesia en este tiempo de duelo, y suscita nuevos pastores con el espíritu de Francisco: cercanos, humildes, valientes y llenos de compasión. Que su testimonio siga inspirando a generaciones a vivir el Evangelio con autenticidad y servicio.
Amén.
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